
Un trozo de papel que habéis arrancado del cuaderno. Una revista de moda del año pasado. Un libro de texto de hace tanto tiempo que ni recordáis cuándo estudiasteis el contenido que hay dentro. Una guía telefónica que dejaron en vuestros buzones pero que al final nunca lo usáis, y simplemente está tirado en el salón.
Os encontráis con un montón de hojas que no sabéis qué hacer con ellas, tantas que os sorprende. “¿De verdad utilizamos tanto?” Algunas de ellas pueden servir como folios para borradores, realizar apuntes de clase, o incluso para escribir una nota pegada en el frigorífico para que a alguien no se le olvide llevar ese otro montón de folios al contenedor azul. Al final, no importa cómo, os seguís encontrando con un taco de coloridas hojas que no sabéis qué hacer con ellas.
Mientras este monólogo interno se reproducía en mi cerebro, me puse a doblar el inolvidable avión de papel que alguna vez todos hemos hecho. Ese avión que a menudo se desviaba y no volaba, o que sí volaba y se iba demasiado lejos. Entonces recordé unas figuras que vi una vez en mi antigua clase de chino, unas figuras hechas de papel que recreaban la forma de un cisne, un conejo, e incluso jarrones adornados por una flor de papel.
Me fascinaba cómo alguien era capaz de construir semejantes esculturas con esos papelitos que yo usaba para doblar “comecocos” o aviones de papel, y esta misma fascinación me impulsó a buscar información sobre cómo se hacían estas figuras, retándome a mí misma a reutilizar ese montón de papel que no sé cómo utilizar y darle vida a este cisne en dos meses.
Así me puse a buscar revistas, hojas, todo lo que encontrase que no fuese a servir, y cortarlos en rectángulos que más tarde se transformarían en las piezas para construir el cisne de mi mente. Lo que en un principio parecía sencillo se complicó más de lo que pensaba. Encontraba revistas, y recortaba los rectángulos, pero las piezas al final tenían distinto grosor debido al diferente papel que utilizaba. Al no tener suficientes piezas de un solo tipo de papel, tuve que volver a buscar alguna revista (que al final se volvió una guía telefónica) que sí contaba con suficientes hojas.

Los papeles se acumulaban día a día, y mientras los doblaba, parecía que la cantidad más que disminuir, aumentaba. De todas formas, entre cambio de caja a uno más grande (ya que no me cabían más), y tardes sueltas doblando hojas, conseguí terminar la primera parte del reto.
Sea capaz o no de construir el cisne, a partir de ahora sé que seré capaz de reutilizar el papel que se acumula en un rincón de mi habitación.
